• Juan Pablo Trombetta

TERRICIDIO POR ALEJANDRO SILVA

El espíritu aventurero de la humanidad nunca supo de límites al momento de proyectarse a futuros utópicos. Mentes inquietas imaginaron la conquista de otros mundos para cuando éste nos quede chico, o para cuando la tecnología nos permitiese viajar y hacer habitables otros. De ese modo los visionarios de siglos pasados aventuraban que para el XXI habría ya generaciones nativas de humanos no terrícolas. Pues bien, la ciencia ficción no tiene la responsabilidad de calibrar temporalmente sus designios, como sí lo tenemos nosotros en este presente caníbal. El tratamiento de la crisis medioambiental se focaliza preferentemente en los efectos del cambio climático. Este reduccionismo intencional sirve para ocultar el origen y las consecuencias del terricidio propiciado por un modelo civilizatorio de corporaciones y Estados extractivistas, a los que les importa un bledo que las actuales y próximas generaciones tengan un planeta vivible. Sin el ánimo de ser exhaustivo, algunos de los causantes del sobrecalentamiento planetario son: la deforestación de bosques tropicales y templados, los cuerpos de agua biológicamente muertos a causa de diversos contaminantes, los pasivos ambientales de la megaminería, las descargas de drenajes en costas y mares, la salinización o contaminación por la explotación de los mantos acuíferos, la desertificación como consecuencia de la erosión eólica e hidráulica, la salinización de los suelos, el sobrepastoreo, la pérdida de la diversidad biológica, la contaminación del aire por gases de efecto invernadero y la destrucción de la capa de ozono. El disparador de estas apocalípticas reflexiones medioambientales me surge ante la puesta en relación de la pandemia por esta nueva cepa de coronavirus, que tiene al planeta en modo paranoico, y una ficción noruega “Fortitude” (filmada en Islandia) en donde su argumento plantea una micro epidemia viral prehistórica a raíz del descongelamiento del permafrost. ¿Ficción?, parece que no. El permafrost se encuentra principalmente cerca de los polos, en Canadá, la Antártida, Alaska, Rusia, Mongolia y el norte de Europa, es una capa de terreno siempre helada con una edad geológica de más de quince mil años. Dado la gran cantidad de vegetación y animales que se encuentran congelados en su interior, se supone que contiene un billón ochocientas mil toneladas de metano y dióxido de carbono, los principales responsables del efecto invernadero, que al ser liberados progresivamente a la atmósfera producirían una retroalimentación negativa a la situación actual. En las poblaciones asentadas sobre el permafrost no se permite el entierro de personas dado que sus cuerpos no se descomponen. Así como en la ficción, el protagonista se infecta con un virus prehistórico de un pequeño mamut que quedó desenterrado, en el archipiélago noruego de Svalbard se han encontrado cadáveres de comienzos del siglo XX, casi en perfecto estado de conservación, y algunos de ellos infectados con el virus de la gripe española latente en sus cuerpos. Investigadores del CSIC (Consejo Superior de Investigaciones Científicas de España) encontraron en junio de 2015 ADN de un virus de treinta mil años, y en 2016 en Siberia, el cadáver de un reno perfectamente conservado infectado con carbunco (ántrax) contagió a veinte personas. Como consecuencia de la dilución del permafrost, podrían volver los vectores de algunas epidemias mortíferas las cuales no estamos preparados para neutralizar, estos zombis de la edad de hielo van desde bacterias simples hasta animales multicelulares, y su resistencia está impulsando a los científicos a revisar su comprensión de lo que significa sobrevivir. Un equipo del Centro de Biotecnología Ambiental de la Universidad de Tennessee, a partir del material extraído del permafrost y puesto a temperatura ambiente sobre placas de Petri, se encontró con gusanos largos y segmentados de medio milímetro que se completaban con una cabeza en un extremo y un ano en el otro, eran nematodos de la época del pleistoceno de cuarenta y un mil años de antigüedad. Este gusano habitaba en el suelo bajo los pies de los neandertales y sobrevivió para encontrarse nuevamente con su evolución en el siglo XXI. Cualquier analogía con la ficción del Parque Jurásico corre por cuenta del lector. A pesar que uno de los máximos contaminantes como los Estados Unidos haya solicitado ante la ONU su salida, es de vital importancia que las ciento noventa y cuatro naciones restantes cumplan con lo firmado en el Protocolo de Kioto (1997), y el sucesorio Acuerdo de París (2015), de no aumentar la temperatura mundial en este siglo a más de dos grados centígrados por encima de los niveles preindustriales. Y en particular, nuestro país debe seguir sosteniendo diplomáticamente el Tratado Antártico de 1959 con el objeto de asegurar la libertad de investigación científica y la prohibición de toda medida de carácter militar y extractivo. Recordemos que aún no está zanjado el conflicto de soberanía sobre el Sector Antártico Argentino con Chile, que se superpone de manera parcial, ni con lo pretendido por el Reino Unido de Gran Bretaña que abarca por completo y excede el sector argentino. En febrero de este año en ocasión del Campamento Climático Pueblos Contra el Terricidio, celebrado en el territorio sagrado Lof Pillan Mahuiza Puel Willimapu de la provincia de Chubut, la Weichafe del movimiento de mujeres Moira Millán definió al terricidio como el “…asesinato no solo de los ecosistemas tangibles y de los pueblos que lo habitan, sino también al asesinato de todas las fuerzas que regulan la vida en la tierra conocido como ecosistema perceptible”, y el documento final del encuentro da un paso más allá solicitando se reconozca al terricidio como crimen de lesa humanidad. Cuánta razón tiene Serrat cuando en su catalán nativo nos canta “…alguien que ronda por ahí padre, son monstruos de carne con gusanos de hierro, asómese y les dice que usted nos tiene a nosotros, y les dice que nosotros no tenemos miedo padre, pero asómese porque son ellos los que están matando la tierra, padre deje usted de llorar, que nos han declarado la guerra”.

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