• Juan Pablo Trombetta

Una porción de fugazza.

¿Qué pensaría él de sí mismo cuando el mes pasado, el sábado ocho, se encontró sin una respuesta adecuada simplemente porque no tenía ninguna pregunta?


De esta manera Walter Bardini comenzó el relato persecutorio que le habían mandado escribir desde la redacción del diario. Apagó el octavo pucho entre la colonia de colillas que descansaban en el cenicero plástico de Cinzano que se había robado del “Hipopótamo” la antepenúltima tarde de lluvia de esa semana.


Simplemente una constancia dolorosa de una ausencia postergada.


Fue la siguiente linea que se animó a apuñalar en la vieja Olivetti a la que le faltaba la eñe. No importa, se había dicho, se puede escribir perfectamente sin esa ridícula letra con sombrero.

Se paró y fue a la cocina para recalentar el café de la mañana, mientras que la ventana le devolvía la penosa nostalgia de una ciudad encapotada y en decadencia.

Repasó lo que había escrito y martilló once veces con una equis sobre la palabra “simplemente”.


Él se lanzó en su búsqueda apenas ella salió de la prisión. Tenía como único dato una dirección escrita sobre una servilleta de “Las cuartetas” manchada de grasa por una porción de fugazza.

Se había puesto en contacto con aquella prostituta, ya que había sido la última en ver a Priscila antes del encierro.

Sin ajustar del todo los detalles, se tomó el 22 en el Bajo dispuesto a cruzar el Riachuelo para internarse en lo profundo del conurbano.


Walter Bardini se detuvo tras escribir ese párrafo, pensando en cuál sería el motivo que impulsaría al personaje a seguir el dato de Priscila. Se recostó en la silla que crujió cortando la tranquilidad en el prólogo de la noche. Revolvió el café en sentido opuesto a las agujas del reloj, lo cual produjo un ruido agudo y sincopado entre el metal de la cucharita y la cerámica de la taza. La pucha, ¿por qué carajo iría a buscar a Priscila? Dijo entre dientes, cansado del silencio de la Olivetti.


Bajó en una cuadra sembrada de casas bajas, jardines pelados y paredes destenidas. La única luminaria colgaba a mitad de la calle proyectando una luz anaranjada y triste que distorsionaba la sobra robusta de la fila de plátanos.

La dirección era correcta, pero la casa frente a la noche, parecía abandonada.

Abrió la pequeña puerta de rejas. Esquivó un enorme rosal ya muerto y tocó a la puerta con tres golpes que mezclaban la constancia y la incertidumbre.


Empujó la Olivetti como quien se separa de un plato vacío de ravioles un domingo al mediodía. Buscó por todos lados de la habitación el qué pasaría si se abría la puerta: ¿sería Priscila o encontraría a otra persona? ¿cuál sería su reacción frente a ella? ¿sus motivos? ¿y si no encontraba a Priscila y la prostituta lo había engañado? La trampa siempre era un buen recurso, y refugio, para ampliar la tangente del relato.

Cansado de perseguir los motivos del personaje, agarró el saco y caminó entre llovizna las cuadras que lo llevarían hasta el “Hipopótamo”.

Pidió un café cortado en jarrito, mientras que el humo del primer cigarrillo le empañaba la vista del Lezama. Con cierta gracia miró un cenicero de Cinzano que le alcanzó el mozo con media sonrisa dibujada en la boca.

Se metió inconsciente la mano en el bolsillo interno del saco y con el pucho colgado de la comisura desarrugó una servilleta manchada por una porción de fugazza.


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