• Juan Pablo Trombetta

Una puerta llamada Nora. Por Jazmín Carbonel

142 años nos separan del portazo más inquietante de la escritura teatral. El noruego y audaz Henrik Ibsen escribía en 1879 la obra Casa de muñecas y se convertía en la primera pieza de alegato feminista. ¿Era eso lo que quería el autor? Es difícil saberlo, con insistencia Ibsen narraba una y otra vez que no era su propósito. ¿Nora se le había escapado de sus manos? El revuelo era tan grande que, cuentan las leyendas de aquel entonces, en los encuentros sociales se repartían papeles que rezaban la frase «abstenerse de hablar de Nora». Una especie de zanja infranqueable que dividía las aguas de forma tal que era capaz de arruinar una fiesta.

Nora, la protagonista de este clásico teatral, era una mujer burguesa de vida monótona. Madre de dos hijos, mujer de, su vida se organizaba en torno a su familia. Pero. Menos mal que existe el pero, esa pequeña palabra de cuatro letras desestabilizadora. Nora no era solamente eso. Si al comienzo de la pieza ella «sencillamente» se ocupa de tareas «menores» -comprar los regalos de la navidad, pedirle sin cesar plata a su marido, atender una fiesta de disfraces- con todo el peso que hoy ocupa la idea de cuidado del hogar, una tarea ardua e impaga, un saldo pendiente histórico, ella quería más.

Helmer: Querida, como abogado, tengo bastante experiencia en estas cosas. Casi todos los jóvenes delincuentes tuvieron madres corruptas.

Nora: ¿Por qué madres precisamente?

Helmer: Porque normalmente es responsabilidad de la madre.

Así el encargado de la economía hogareña no solo exponía sus privilegios masculinos sino que además echaba culpas para afuera. Lo curioso de este pequeño diálogo conyugal es que ella lo pregunta, le inquieta ya saber en 1879 por qué si el futuro de los hombres depende del cuidado femenino es tan poco valorado. Contradicciones que se pasaban (¿o se pasan?) por alto. Ella parece ingenua pero no lo es, se ha ocupado en secreto y silenciosamente de la economía de su hogar. Para él eso es peor que la muerte: es la deshonra.

Para la escritura realista de la época -Strindberg, Chéjov, Zolá- una de las salidas ante tremendo conflicto social y moral era el suicidio, o al menos su intento. Sin embargo, Nora, emancipada de su progenitor Ibsen, no hace esto y en cambio la salida que encuentra es irse. Dar un portazo, dejar esa vida atrás y comenzar otra. ¿Demasiado para su tiempo? Demasiado para nuestro tiempo. Nora expone el límite de lo tolerable: que una madre deje a sus hijos no. Puede hacerlo un padre pero no una madre, y si Nora lo hizo hace más de 140 años y en el medio las conquistas femeninas crecieron ese límite sigue siendo imposible.

En 2012 Griselda Gambaro redobló la apuesta y escribió Querido Ibsen: soy Nora. Y los puso a los dos a conversar en escena. Ibsen aquí tiene que negociar con esta mujer arrolladora qué puede decir y hacer. Ese mismo año, The Guardian, el diario inglés, filma un corto llamado Nora, disponible en Internet, para pensarla desde una visión contemporánea.

¿Qué habrá sido de Nora luego de cerrar esa puerta? ¿Hacia dónde habrá caminado? ¿Habrá vuelto? Queremos saber más de ella. Lo necesitamos. Seguramente por eso, el autor norteamericano Lucas Hnath escribió hace pocos años Después de casa de muñecas. Una pieza que la imagina de vuelta en su casa, quince años después, dando explicaciones del porqué de su huida, qué fue de ella liberada de los mandatos que la oprimían.

El tema sigue siendo tan actual que urge. Escritoras y directoras de una y otra forma van repensando el tema, ahora con su propia voz, ya no intermediada por autores masculinos. Las películas de Anahí Berneri (Por tu culpa, Aire libre, Alanis), Mi amiga del parque de Ana Katz; las novelas de Ariana Harwicz (Matate, amor, Precoz), también versionadas teatralmente; Distancia de rescate de Samanta Schweblin, por citar solo un pequeño puñado de obras que están apareciendo para gritar o abrir la puerta de la duda.

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