• Juan Pablo Trombetta

Vivir con miedo.

Esa noche debo haber estado muy aturdido por los recuerdos que me iban cayendo uno encima del otro. Me pasa cada vez que vuelvo al barrio. Y les cuento que solo al día siguiente tomé dimensión del encuentro con Tito. Siempre tuvimos dudas sobre qué habría sido de él. Hasta esa noche, que nos encontramos alrededor de las diez, a la altura de ocho esquinas, donde las avenidas Alvarez Thomas y Elcano se cruzan con Forest y Virrey Loreto. No había cenado aún y quise comer una porción con faina en la Mezeta -muchos años atrás había dejado de visitar esta pizzería, en la que cuando éramos pibes, entre película y película, en el cine Atlántico, antes que fuera convertido en New York City, si lográbamos juntar unas monedas nos comprábamos una porción de pizza y, si teníamos suerte que el acomodador no nos viera, la entrábamos a escondidas y la comíamos mientras veíamos la segunda o la tercera película-. Linda época.

Recuerdo que entré disfrutando ese olorcito a empanadas. Esa noche, en la pizzería, supe que yo no debía estar muy destruido y que Tito no tenía Alzheimer, pues al toque me reconoció. Solo cuando me nombró a la barra, supe que no era un desaparecido más. A Tito no lo habíamos vuelto a ver desde esa etapa en que vamos definiendo cada uno su camino. Tuvimos un saludo medio formal, algo insulso. Fue hace dos años, en el comienzo de la pandemia, que nos dimos una especie de abrazo con barbijo. Qué torpe me sentí. En realidad me hubiera gustado apretujarlo un poco más. Creo que a él le pasó lo mismo. Luego lo imaginable. La pizza pasó a segundo plano y nos fuimos caminando para el lado de Lacroze.

En no más de seis o siete cuadras nos fuimos tirando los recuerdos de cosas que hemos compartido. De Susi, de Martita la cebollera, de las dos Susanas. De Eduardo y Jorge. De Fredy kawuay. Recordábamos que todos los días, desde la tarde hasta media noche, estábamos siempre juntos. Viviendo esa etapa de la vida en que el ímpetu del cuerpo nos reclamaba pasión a empujones. Hasta que llegó la etapa de encontrar un lugar que nos pudiera cobijar mejor que la esquina de Alvarez Thomas y Zabala, justo ahí, donde estaba el buzón. Todos nos hicimos socios del club Colegiales. Pero él no quiso. Tenía otro proyecto. Ya se empezaba a visualizar en nuestras discusiones. Había dejado de juntarse. Tenía otros objetivos. Y fue así que por un tiempo no lo vimos más.

Ahora, después de tantos años, pude recomponer su historia. Ahora entiendo por qué no lo vimos más por el barrio. El año 66 nos golpeó duro. Fue un año difícil para todos, pero para él fue un poco más difícil. Entendí que vivía con miedo. Pero ese miedo no era solo por él. Estaba en el medio la familia que estaba construyendo. Su carrera. El trabajo. Y se le hacía muy cuesta arriba cuidar que no lastimaran a los suyos. Y vivió con miedo hasta mucho después de llegada la democracia. Me contaba que el miedo a nuevos golpes de estado le siguió hasta bien entrado el dos mil. Fueron cuarenta años donde las aspiraciones solo eran llegar por la noche a su casa y con un poco de suerte, también al amanecer. Cada mañana, saber que había despertado era motivo de alegría. Era una época en que cada tanto alguna compañera/o del trabajo dejaba de venir. Sin saber el porqué. Hasta le daba miedo preguntar si alguien sabía el motivo. Durante mucho tiempo, por la noche, cuando volvía a su casa, conservaba esa costumbre de dar dos o tres vueltas a la manzana antes de entrar. Era un período en que no le daba para pensar en su futuro. Solo se planificaba el hoy y a lo sumo el mañana. Era una fantasía pensar en un próximo cumpleaños. Solo deseaba poder conservar ese trabajo. Que lo nombraran en el cargo sin tener que llenar la ficha de la SIDE.

Era el hoy y el mañana. No más que eso. No se atrevía a programar un futuro. Casi estaba convencido que no tendría esa oportunidad. Se le fue haciendo rutinario el perder afectos. Se le hizo costumbre no reaccionar a los comentarios de odio y de muerte. Se le hizo costumbre mentir su forma de pensar y tuvo que guardar para mejor oportunidad ese mundo que quiso construir. Siempre le costó explicarles a sus hijos el porqué de esas mudanzas. Siempre le costó explicarles por qué cambiaban periódicamente de amiguitos.

Comprendí su vida, cuando me dijo que no sabía si vivió la vida que quiso. O la que había lo ilusionado en la época del secundario. Pero como bien decía, vivió la vida que pudo. Y nunca sabrá si lo que pudo estaba muy próximo a lo que quiso, o si simplemente fue un eterno agradecido que supo conformarse con lo que le tocó. O con lo que pudo. Lo que si me dio a entender, es que no se arrepentía del camino que había elegido.

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